El cerco de Numancia
de Miguel de Cervantes
Como ya indicamos en el artículo de presentación, comenzamos nuestro camino español a través de sus obras, con "El Cerco de Numancia" de Miguel de Cervantes.
Sabedores que la mayoría de las obras son totalmente desconocidas, presentaremos para cada una varios artículos donde las resumiremos, para terminar con un último donde daremos nuestra opinión sobre la misma. Así, os dejamos aquí el resumen de la Jornada Primera y os invitamos a leerla completa.
Escena I.
La obra comienza con una conversación entre Cipión y Jugurta. Cipión, un general romano, se encuentra agobiado por la pesada responsabilidad de la guerra que se está llevando a cabo. Se muestra preocupado por la larga duración del conflicto y las numerosas bajas romanas. A pesar de esto, Jugurta elogia el valor de Cipión, asegurando que él tiene la clave de la victoria.
Cipión reconoce que la disciplina es esencial, pero lamenta que el ejército romano esté más preocupado por los placeres carnales que por la gloria militar. Su principal objetivo es reformar a sus tropas, creyendo que un ejército disciplinado es clave para derrotar al enemigo.
Cipión ordena a Gayo Mario que convoque a todo el ejército para una arenga. Jugurta reafirma el respeto y admiración de los soldados hacia Cipión, anticipando que su liderazgo inspirará grandes hazañas. Sin embargo, Cipión insiste en que primero deben controlar los vicios, pues estos son más peligrosos que cualquier enemigo. Un bando anuncia la orden del general para que todos los soldados se reúnan armados en la plaza principal, bajo pena de ser borrados de la lista. Jugurta subraya la importancia de la disciplina y la justicia en el ejército.
Escena II.
Cipión se dirige a sus tropas desde una peña, criticando su apariencia. A pesar de reconocer su valentía, los compara con jóvenes criados en Bretaña o engendrados por padres flamencos, debido a sus delicadas manos y tez lustrosa. Los acusa de ser descuidados, lo que beneficia a sus enemigos y debilita la reputación romana. Cipión se pregunta cómo es posible que el mundo tiemble ante el nombre romano, mientras que ellos, en España, estén debilitando su poder.
El general identifica la pereza como la raíz de su debilidad, argumentando que los placeres y la guerra son incompatibles. Critica su afición a banquetes y meriendas, enfatizando que la victoria requiere esfuerzo y disciplina. Cipión señala que la fuerza bruta no es suficiente, sino que la cordura y la previsión son esenciales para la victoria. Pone como ejemplo a los numantinos, quienes a pesar de ser pocos y estar sitiados, llevan dieciseis años defendiéndose con valentía. Los acusa de estar vencidos por sus propios vicios y no por el enemigo.
Cipión exige la expulsión de las meretrices del campamento, la limitación del consumo de alcohol y la transformación de los lechos en lugares de trabajo y disciplina. Busca un ejército donde el olor a pez y resina predomine sobre el de la cocina, y donde la disciplina sea más importante que los placeres. Aclara que sus mandamientos no son caprichosos, sino necesarios para el éxito, advirtiendo que si no cambian sus costumbres, la guerra continuará.
En un discurso final, Cipión afirma que el destino se forja con diligencia y no con pereza. Se muestra confiado en la valentía romana y promete recompensar y alabar a aquellos que demuestren valor. Los soldados, avergonzados y temerosos, pero también inspirados, piden a Gayo Mario que hable en su nombre. Mario reconoce los errores del ejército y asegura que están dispuestos a servir a Cipión con lealtad, ofreciendo su hacienda, vida y honra. Los soldados confirman su juramento levantando sus manos. Cipión, viendo su arrepentimiento, renueva su confianza y promete ser justo con ellos, mientras les exige hacer verdaderas sus promesas en batalla.
Escena III.
Un soldado informa de la llegada de dos embajadores numantinos. Cipión, aunque desconfiado, decide recibirlos, argumentando que siempre se puede aprender algo del enemigo. Los embajadores piden hablar en privado, y Cipión les concede audiencia. El primer embajador explica que Numancia, cansada de una guerra prolongada, busca la paz, alegando que la opresión de los cónsules romanos fue la razón principal de la rebelión. Sin embargo, aclaran que no se acercan por miedo, sino por admiración al valor de Cipión, al cual preferirían tener como amigo y señor.
Cipión rechaza la oferta de paz, calificándola de tardía y poco satisfactoria. Declara que prefiere probar su propia fuerza en batalla, desafiando a los numantinos a renovar la guerra. El segundo embajador advierte a Cipión que su arrogancia podría encender el valor numantino. Cipión se mantiene firme y les niega la paz, despidiéndolos. Ante esta decisión, Quinto Fabio, hermano de Cipión, expresa su apoyo, aunque su hermano le reprende por sus alardes. Cipión revela su estrategia: no quiere más derramamiento de sangre romana y planea sitiar Numancia con una fosa, para rendirlos por hambre. Cipión, predica con el ejemplo, liderando los trabajos de excavación. Quinto Fabio apoya la estrategia de evitar un enfrentamiento directo.
Escena IV.
La obra continúa con la personificación de España, una doncella coronada con torres y portando un castillo. España lamenta su constante servidumbre a naciones extranjeras, reconociendo que las discordias internas entre sus hijos han causado su desgracia. Numancia es la única ciudad que ha defendido su libertad, pero España teme su inminente caída debido al cerco romano. España se dirige al río Duero, pidiendo su ayuda.
El Duero aparece junto con sus afluentes, explicando que las estrellas predicen la caída de Numancia, pero a la vez revela que las hazañas de esta ciudad serán recordadas para siempre. El río profetiza el futuro de España, anunciando que los romanos serán vencidos por otras naciones, incluyendo a los godos, y anticipa un futuro donde España tendrá su poder y gloria. El Duero vaticina un tiempo en que el español blandirá su cuchillo sobre el cuello romano, y también un futuro en que los reyes de España serán llamados católicos y estarán unidos bajo una misma corona. El Duero menciona a Felipe II como el rey que dará mayor honra y gloria al nombre de España. Al final, el río consuela a España asegurándole que su futuro será glorioso, a pesar de su presente sufrimiento. Con esta profecía, el río se despide. España, aliviada por las profecías del Duero, se despide del río.
Os esperamos en el próximo artículo con el resumen de la Jornada Segunda.
Blas Molina