El cerco de Numancia (y 5)
de Miguel de Cervantes
El Cerco de Numancia (y V). Cervantes y la resistencia ante el nihilismo moderno.
Miguel de Cervantes, el veterano de Lepanto, el prisionero de Argel, el hombre que Francisco Javier Escudero Buendía describe en su obra “Eso no estaba en mi libro de historia de Miguel de Cervantes” como “un hombre de negocios, un hidalgo y un caballero”, nos legó una obra que, aunque menos conocida que su inmortal Quijote, rezuma la misma fuerza y dignidad que caracterizaron su vida. Hablamos de “El Cerco de Numancia”, una tragedia escrita en verso que, según los estudiosos, nunca fue representada en vida de su autor. Cervantes, hijo de una familia hidalga, recibió una educación sólida que le permitió convertirse en el humanista que hoy admiramos. Su vida, marcada por la lucha y la adversidad, se refleja en esta obra, donde la resistencia y la dignidad humana se alzan como banderas frente a la opresión.
Arnold Hauser, en su “Historia Social de la literatura y el arte” (1951), habla de la leyenda por la Edad de Oro, esa añoranza por un pasado glorioso que parece siempre superior al presente. En España, esa Edad de Oro tuvo nombre propio: el Siglo de oro. Imaginen pasear por las calles de Madrid en aquel tiempo y cruzarse con Lope de Vega, Quevedo, Góngora o el propio Cervantes. Todos ellos, contemporáneos, compartieron una época en la que la literatura y el arte florecieron como nunca. Fue un tiempo en el que la palabra escrita era un arma tan poderosa como la espada, y en el que la cultura no era un adorno, sino el alma de una nación.
Pero esos tiempos han quedado atrás. Hoy, a lomos del caballo del nihilismo, los grandes fondos de inversión, dueños de Occidente, nos quieren sin pasado, sin cultura y sin posesiones. Nos han vendido un mundo feliz, empastillado y enmarañado en redes sociales, donde solo valemos si producimos y consumimos. Un mundo a medio camino entre “Un mundo feliz” de Huxley y “1984” de Orwell. Curioso que estos dos libros, proféticos en su visión distópica, estén escritos en inglés, la lengua que el globalismo pretende imponer como única. Un mundo así, deshumanizado y vacío, nunca habría sido soñado en español.
Y es aquí donde “El Cerco de Numancia” cobra especial relevancia. Cervantes rinde homenaje en esta obra a un pueblo, los numantinos, que prefirieron la muerte a la sumisión. Los numantinos, habitantes de la antigua Hispania, resistieron durante décadas el asedio de las legiones romanas. Vivían una vida tradicional, sencilla pero digna, y veían en los romanos a un pueblo decadente, corrupto y disoluto. Para ellos, ser conquistados no significaba progreso, sino la pérdida de su identidad y su libertad. Aguantaron hasta el final, no por amor a la lucha, sino porque no había otra opción que les permitiera mantenerse fieles a sí mismos.
El contraste con nuestro tiempo no podría ser más evidente. Los numantinos no pertenecían a nadie. No entendían la vida disoluta de los romanos, ni aceptaban su dudosa modernidad. Para ellos, el poder del ser humano radicaba en mantenerse fiel a sus principios y aceptar sólo aquello que aportaba algo bueno. Hoy, en cambio, el nihilismo nos ha llevado a aceptar cualquier cosa con tal de no luchar. Nos han convencido de que la dignidad es un lujo, y que la felicidad consiste en no tener ataduras, aunque eso signifique renunciar a lo que somos.
Las mujeres numantinas entendieron rápidamente lo que significaría la derrota: la esclavitud para ellas y sus hijos. No solo perderían a sus seres queridos, sino también su dignidad. Si los numantinos hubieran sido nihilistas, se habrían rendido sin luchar. Tal vez los romanos les hubieran permitido vivir, pero ¿qué clase de vida sería esa? ¿Vivir bajo normas ajenas, en un mundo que no es el tuyo? Los numantinos prefirieron morir antes que renunciar a lo que eran.
El suicidio colectivo de los numantinos no tiene nada que ver con el suicidio asistido que el mundo actual nos vende como progreso. Aquellos hombres y mujeres no eran números en una sociedad-fábrica, donde sólo vales si produces y consumes. Eran seres libres, unidos a su familia y a su comunidad, que eligieron morir con honor antes que vivir sin dignidad. En su mundo, los hijos no eran sacrificados por conveniencia o comodidad, pero sí podían recibir una muerte piadosa si el horizonte que les esperaba era la esclavitud y la pérdida de su dignidad. Los ancianos, lejos de ser vistos como cargas inútiles, eran custodios de la sabiduría y la memoria de su pueblo, pilares fundamentales de una comunidad que entendía que el valor de una vida no se medía por su utilidad inmediata, sino por su conexión con el pasado y su contribución al legado colectivo.
Cervantes, que años después escribiría “El Quijote”, nos dejó en esta obra un mensaje claro: la dignidad humana no tiene precio. Don Quijote, vencido al final de su épica historia, jamás renunció a su convicción de que Dulcinea era la dama más noble y excelsa del mundo. Aunque el mundo a su alrededor insistía en imponerle una realidad gris y prosaica, él se aferró con terquedad heroica a su ideal, demostrando que la verdadera derrota no está en caer, sino en dejar de creer. Su fe en Dulcinea, aunque nacida de la fantasía, era la esencia misma de su dignidad y su humanidad. Del mismo modo, los numantinos nunca renunciaron a su identidad, aunque el precio fuera la muerte.
Hoy, frente al nihilismo que nos rodea, mantener el carácter numantino significa resistir. Significa no dejarse arrastrar por la corriente de un mundo que nos quiere vacíos, sumisos y desarraigados. Significa recordar que la dignidad no es negociable, y que la libertad no consiste en no tener ataduras, sino en ser fieles a lo que somos. Como los numantinos, como Cervantes, como Don Quijote, debemos elegir siempre la dignidad, aunque el precio sea alto. Porque, al final, eso es lo que nos hace humanos.
Blas Molina