11 de junio de 2023
Patria y fresas
Pocos términos son hoy en día más vilipendiados, denigrados y sometidos a escarnio publico como el de "patria", en gran parte, por culpa de esas "heces seudointelectuales de la progresía al uso" tal y como las cita Carlos González Aguilló en la presentación que hace del magnífico libro de Amadeo A. Valladares "España, de reserva espiritual a albañal de Europa"
Definiciones tenemos para todos los gustos, pero me voy a parar en una que hace el italiano Marco Scatarzi en su libro "Ser comunidad". En dicha definición, el activista antiglobalismo incluye un sentir común identificado con el lenguaje y la cultura, el patrimonio artístico, las conquistas históricas y sociales, el temperamento, las costumbres, la memoria de los antepasados, la sangre derramada por sus mártires, el gusto, el estilo, la geografía y la gastronomía.
Esta amplia definición supone un enfoque múltiple pero con un denominador común: la defensa de las raíces sobre las cuales se asienta, más que una patria, diría yo, toda una civilización entera.
Carece pues de sentido, a nuestro juicio, una perspectiva nacional vinculada a una sola clase social o a planteamientos cercanos al actual globalismo que supone la antítesis de todo lo expuesto por Scatarzi. Por eso resultan cada vez más entendibles las reticencias que tiene un Partido Popular a echarse en manos de cualquier posicionamiento que suponga defender una soberanía real, por mucha bandera nacional que ondeen luego sus militantes. Ellos son lo que son y no lo pueden evitar. Lo repetiremos una y otra vez mientras sea necesario: o se está con España y su soberanía o se está con el globalismo, pero ambos no son compatibles. Como bien sabe el refranero español, no se puede estar a la vez "en misa y repicando".
Dicho esto, es preciso asumir una de las tareas que toda asociación y organización soberanista debe emprender: aglutinar, como apunta José Alsina cuando habla de Cuarta Teoría Política, a todos aquellos maltratados por la globalización y a los sectores excluidos de esta "modernización" que cada vez abarca más españoles.
Especial atención merece oponerse, y sigo citando a Alsina, a esas tres patas globalistas como son la libre circulación de capitales, la libre circulación de mercancías y la libre circulación de personas. Como todo lo vinculado a la "modernidad", es verdad que la teoría suena muy bien, pero todos sabemos lo que esconde tras las bambalinas.
Porque la realidad es que en la libertad de circulación de capitales lo que prima es una economía especulativa sobre la productiva, para beneficio solo de unos pocos que acaban por acapararlo todo; la libre circulación de mercancías sin ninguna cortapisa genera de inmediato una competencia desleal donde resulta más barato comprar a quien peor trata la mano de obra y por supuesto, la libre circulación de personas supone la llegada de mano de obra barata dispuesta a trabajar por menos salario y peores condiciones que el autóctono. Eso por no mencionar el choque cultural que supone traer ilimitadas cantidades de tercermundistas, alguno de los cuales en sus ratos libres se dedica a buscar niños europeos para apuñalarlos como muestra de agradecimiento a tanta cortesía, a tanta acogida y a tanto buenismo estúpido.
Viene todo esto a colación por el famoso boicot propuesto a la fresa onubense de estos últimos días. Defender la idea de España no es algo hueco propenso al postureo cómodo. Defender España supone defender no solo la unidad y las fronteras, sino también los productos, las empresas y los empleos españoles. Lo más triste es que el ejemplo de la fresa, no se trata de un hecho aislado.
Un agricultor de Motril regalaba estos días 100.000 kg de sandía tras ver como la inversión de 30.000 euros gastados en cultivarlas se iba directamente a la basura. La razón es que las grandes empresas prefieren comprarlas a Senegal y Marruecos. También el tomate español está perdiendo cuota de mercado europeo por culpa de la llegada descontrolada de tomate marroquí o turco.
El caso marroquí es significativo: la invasión de frutas y hortalizas en nuestros mercados se ha multiplicado por cuatro en la última decada consecuencia del Acuerdo de Asociación entre la Unión Europea y Marruecos constituyendo otra auténtica "marcha verde", que parece ser la prueba olímpica con la que la monarquía alahuita se ha propuesto jorobarnos cada equis tiempo. ¿Con el olivo? Tenemos otro tanto. En plena crisis en España, la Unión Europea financia con 115 millones de euros al olivo marroquí.
Así podría pegarme días enteros, pero la cuestión es cristalina: sin soberanía nacional, no dependemos de nosotros mismos (una perogrullada tan simple como real), sino que terminamos bailando al son de lo que marcan otros, con la consiguiente ruina para nuestro campo, nuestros pueblos, nuestras empresas, nuestra forma de vida, nuestros empleos y nuestros productos. Por algo decía Ramiro Ledesma, hace casi un siglo, y no le faltaba razón, que "solo los ricos pueden permitirse el lujo de no tener patria".
José Luis Morales