Editorial del 6 de noviembre de 2022
Desinformación y delincuencia
Una de tantas paradojas del mundo actual es que nunca ha existido un mayor despliegue de medios de comunicación a todos niveles y nunca hemos estado más desinformados que ahora. Nunca sabes si detrás de cada noticia con la que te bombardean a diario se esconde algún tipo de veracidad o simplemente son las medio verdades o trolas que te enseñan lo que los mandamases de dichos medios quieren que recibas, que es en realidad lo que ocurre.
A pesar de las manipulaciones, si uno sabe buscar en los medios, puede adivinar cuál es el estado real de las cosas. Por otra parte, hay noticias que se entienden mejor juntas. Como si de unos verdaderos pardillos se tratase, se sorprendía El Periódico de Aragón esta semana pasada destacando como titular el hecho de que tres jóvenes habían sido asesinados en las últimas 24 horas. Solo unas horas antes, había publicado la noticia del fulminante cese del Comisario de la Policía Nacional del distrito Centro de Valencia, tras manifestar que la práctica totalidad de la delincuencia a la que se enfrentan día a día, es delincuencia extranjera.
No hay, insisto, más que saber leer entre líneas e interpretar los datos y noticias que están relacionados con la criminalidad para corroborar lo que decía el comisario. Desde el momento en que el delincuente es español conocemos nombre, apellidos, DNI y hasta muestra de ADN, siempre con el careto bien visible en los medios. Cuando no les interesa ni les conviene, ni nombre, ni apellido, ni rostro ni nada de nada. Incluso últimamente recurren al eufemismo "español" pegado a la palabra delincuente, a sabiendas que en el mismo saco viene el español de toda vida como el que acaba de obtener la nacionalizado, que es algo que se regala en España con una facilidad pasmosa.
Resulta obvio pensar que es imperativo buscar informaciones en diferentes medios si uno quiere estar mínimamente informado. Se ha de ser rápido, pues el rodillo censor de las redes sociales se aplica sin conmiseración en cuanto descubren algo que por muy cierto que sea, rompe con el idílico mundo que impone el discurso globalista.
Como ejemplo, recomiendo desde estas lineas una página muy interesante que expresa esta preocupación sobre la delincuencia vista desde dentro de quienes la combaten. O al menos lo intentan, pues la sombra de Marlaska sabemos que es muy alargada. La página se llama "Una policía para el siglo XXI" y no tiene desperdicio desde el momento en que hablan sin tapujos sobre el discurrir de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad en las calles.
En un vídeo de dicha publicación, una de las cabezas visibles nos explica las cuatro fases por las que los países europeos estamos pasando y cuya consecuencia nos aboca a un apocalipsis para el que esta sociedad ñoña y blandengue hasta el tuétano, no está preparada.
En una primera fase, la de la democratización de la delincuencia, la página nos explica como la globalización y la inmigración desbordada ha permitido que a día de hoy, uno pueda ser atracado o caer en manos de cualquier malhechor a cualquier hora del día y en cualquier parte de nuestro territorio.
En una segunda fase, la que llama democratización de la autoridad, se explica el perjuicio que la perdida de la autoridad ha experimentado en la familia, la enseñanza y por supuesto, con la policía, a la cual no se le respeta como antaño, máxime si además las leyes los dejan con el culo al aire frente a cualquiera que se les enfrenta.
La tercera fase en la que estamos ahora los españoles, es la que establece unas zonas de confort criminal, cuyo principal ariete es Barcelona, teniendo como principales responsables a una clase política que ha dado un verdadero espaldarazo a la criminalidad y delincuencia desde el momento que ha garantizado la impunidad de manteros, ilegales y por encima de todos, a los ocupas, definidos como protagonistas del estado ideal de la delincuencia. Dicha zona de confort supone un efecto llamada que hace que la inseguridad pase de un barrio a otro, extendiéndose de manera implacable.
En una cuarta y definitiva fase en la que está a día de hoy Francia y Suecia, seguida de cerca por Bélgica y el Reino Unido pero que alcanzaremos en unos años de no mediar un radical cambio de estrategia y de políticas, esta delincuencia periférica se expande hacia el centro de las ciudades. A partir de ahí, el caos es absoluto y el estado de derecho deja de existir.
No voy a extenderme más, pero tenemos que insistir en la idea de que o nos concienciamos de una vez de que nuestra civilización está en peligro de desaparecer o dentro de poco ya no habrá remedio. Si importas Tercer Mundo, acabas por convertirte en Tercer Mundo. Nos guste o no, no hay alternativa. Serán ellos o nosotros, pero está claro que civilización y barbarie no son en modo alguno compatibles.
José Luis Morales