17 de noviembre de 2024

Luces de Navidad

Todos los años circula una campaña por las redes sociales que consiste en pedir que no se ponga el alumbrado navideño y se destine ese dinero a otras causas. Este año, por supuesto, el dinero se destinaría a ayudar a los damnificados por el desastre en Valencia. En otras ocasiones era para proporcionar techo a los que no lo tienen o para alimentar niños que pasan hambre. Y claro, si no estás de acuerdo no eres un buen cristiano. Porque los buenos cristianos, nos dirán los demagogos (que no son buenos cristianos, pero enseñan a los demás a serlo) deben priorizar todas estas buenas obras a ese absurdo de poner bombillitas de colores por la ciudad.

Como si acabar con el hambre, conseguir viviendas para quienes no la tienen o buscar lo mejor para los valencianos fuera incompatible con celebrar la Navidad iluminando las ciudades. No. No lo es. Lo que se busca es acabar con la celebración de la Navidad. Culpabilizarte por que te guste celebrarla. Que cada vez que veas una luz, sientas una punzada de malestar. Y muchos buenos cristianos, necesitando sentirse como tales, rebotan el mensaje que otros han diseñado para conseguirlo.

Claro que en Valencia necesitan ayuda. Pero, ¿de verdad será necesario quedarnos sin nuestras luces navideñas? Quizás los parlamentarios podrían renunciar a los traductores de los distintos idiomas peninsulares; todos son capaces de entenderse en español. Y de ahí saldría un buen pellizco. O quizás se podría dedicar a ayudas el dinero con el que se promociona el día del Orgullo Gay en toda España. ¿Será homófobo decir esto pero no cristianófobo quitar luces navideñas? ¿Y si los sindicatos y partidos donaran lo correspondiente a un mes, uno nada más, de las subvenciones que reciben del Estado? ¿Y qué hay de las ONG’s? ¿Serán tan solidarias de renunciar a sus subvenciones para ayudar? Seamos más atrevidos: ¿y si el presupuesto para derribar presas siguiendo las políticas europeas y la Agenda 2030 se dedicara a ayudar a los damnificados precisamente por el derribo de esas presas y la implementación de dicha Agenda?

¿Y si en lugar de renunciar a nuestra iluminación, se encarga el Estado? Porque poder, puede. El Ejército, que mira por donde ya está pagado, dispone de más de 120.000 pares de brazos y material de sobra para hacer frente a todo lo que hay que limpiar. Que si se hubiera empleado bien, ya podía estar todo limpio. El gobierno puede presionar a las aseguradoras para que cumplan con la mayor agilidad y limpieza. Aquí sí estarían bien empleadas subvenciones a todos los ciudadanos que lo necesiten -que no a Oenejetas que hacen de intermediario quedándose parte sustancial.

El Estado ha fracasado, frente a una Nación que se ha levantado. Porque, ¿dónde estaba el Estado? Fue desde el primer momento la Nación en pie, no el Estado al que esa misma Nación sostiene con impuestos y sangre. El conflicto gobierno central-autonómico sirve para hacer visible el enorme fracaso del Estado de las Autonomías, ambos bandos acusando al otro de no hacerse responsable de sus competencias, mientras esquivan que no han ejercido las propias. Porque los dos -los dos- tenían competencias.

Pero todo se solucionará renunciando al alumbrado de Navidad. La campaña en contra del alumbrado ayudará a tapar las vergüenzas de unos dirigentes negligentes. Ayudará a separarnos de las tradiciones con las que nos sentimos tan a gusto. Ayudará a desnaturalizar el espíritu de esa Nación que sabe ponerse en pie cuando se necesita, y que gusta de celebrar la Navidad.

Y no soy partidario de las iluminaciones excesivas sino puntuales, ni de empezar la Navidad nada más salir de Todos los Santos (uy, perdón, Jalogüin). Parece que privados de otras ilusiones, necesitados de escapar de una realidad cada vez más asfixiante, los españoles precisamos que el ruido de la Navidad empiece cuanto antes mejor, y que suene tan fuerte que no deje escuchar los lamentos de nuestras economías domésticas, de familias arruinadas en lo espiritual más incluso que en lo económico, que el recuerdo de nuestros familiares desaparecidos, de nuestra niñez, de otros tiempos más felices, nos rescate por unos instantes de la realidad. Pues hasta esa luz quieren apagarnos.

Negaos. Combatid ese falso buenismo. Exigid.

Y si os apetece recuperarla, la tradición en España marca el inicio de la Navidad el (o alrededor de) 8 de diciembre, día de la Inmaculada. Es cuando se pone el Belén, se comen los primeros turrones y si, se encienden las luces de Navidad. Y como somos un pueblo muy navideño, mientras en otros lugares este periodo dura sólo hasta el día 25, Natividad de nuestro Señor, nosotros incluimos en las celebraciones la de Año Nuevo, que no es religiosa pero qué más da, y lo prolongamos bien a gusto hasta el día de Reyes, 6 de enero. Como poco, según costumbre locales incluso hasta el 15; no hace falta darse mucha prisa en recoger el Belén, con lo que costó montarlo.


Lucio.