Editorial 2 de octubre de 2022

¡No toquéis nuestros hijos!

Cuando hace unos días, la estrafalaria ministra Irene Montero soltaba aquello de que los niños deben saber que pueden mantener relaciones sexuales con quienes les dé la gana, una inmensa mayoría de la población nos llevábamos las manos a la cabeza ante tamaña barbaridad. Pudiera parecer que a la ministra el inconsciente le hubiese jugado una mala pasada, lo que unido a su incapacidad para mantener la boca cerrada, se trataría de la enésima sandez que sale de la responsable de un ministerio que solo sirve para un brutal despilfarro de dinero público.

Es verdad que la clase política española, sobre todo la que mantiene a Sánchez en el poder, es la peor de nuestra más reciente historia. Desde hace ya unos años, los españoles asistimos impertérritos a todo un desfile de personajillos copando puestos de responsabilidad y ministerios, que de no ser por la política, se las hubiesen tenido que ingeniar cual pícaro de antaño para llevar un coscurro de pan a su casa en virtud de su nula preparación. El problema es que este fenómeno, aunque en España roza lo esperpéntico, no es ajeno tampoco a otros países.

Vivimos un momento de la historia en lo que comúnmente conocemos como Occidente, en el que cualquier noticia nos lleva directos al tembleque y lo que es peor, a comprobar el grado de degradación, de incultura y de sumisión en el que la Europa que conociese a Isabel y Fernando, a Bismarck, Julio César o Carlomagno, ha venido a deparar en este puñetero siglo tan dado a la promoción de lo absurdo y al ensañamiento contra lo noble.

¿Estamos entonces inmersos en una sociedad dominada por locos? A priori, loco bien pudiera ser un calificativo acertado dirigido a quienes gobiernan, aunque en lo que respecta a nuestra parte, poco amigos somos de creer en casualidades o de pensar que las cosas funcionan tal y como nos las presentan, desconociendo todo lo que sucede tras las bambalinas.

En consecuencia, día tras día, semana tras semana, insistimos en la misma idea: en el mundo actual, si queremos luchar para cambiar las cosas, lo primero que debemos hacer es acertar con el diagnóstico de lo que nos acontece. El mundo hoy es la lucha entre la defensa de la soberanía frente a la tiranía globalista. Esa es la razón por la que se suceden unos u otros gobiernos pero no cambia casi nada. Por eso, la defensa de la soberanía de las naciones, de nuestra cultura, de la fé cristiana, de la libertad o de la familia son diversas manifestaciones pero pertenecientes a la misma lucha entre el bien y el mal. Una lucha para la cual no tienes más opción que o bien tragar terminando por convertirte en esclavo, o plantar cara, uniéndote a lo disidente.

Cada vez que nos preguntamos el porqué de tantas cosas que suceden, por inverosímiles que estas parezcan, deberíamos estar ya familiarizados con teorías políticas que se aplican hoy en día, como por ejemplo la "ventana de Overton".

Formulada por Joseph Overton, impulsada posteriormente por el libro del crítico conservador Glenn Beck ("La ventana de Overton") y popularizada también por el ruso Evgeni Gorzhaltsan en un articulo, la ventana de Overton se nos presenta como una teoría conspirativa, cuyo objetivo no es otro que el de legalizar cualquier cosa, por increíble que nos parezca a priori, siguiendo una serie de pasos.

Solo entendiendo el verdadero significado de esta teoría, se entienden determinadas declaraciones que aparecen de vez en cuando como globos sonda. En un principio a la mayoría, nos parecen barbaridades más propias de un demente que razonamientos basados en el sentido común. Poco a poco, esta idea absurda irá calando en más personas que ya no la verán descabellada y culminará con la legalización de eso que años atrás, hubiese parecido imposible.

Si ahora nos parece una grandísima barbaridad lo dicho por la ex de Pablo Iglesias, tiempo van a tener dando los pasos necesarios, para que mañana ya no suene tan mal y al final acabe derivando en la legalización de la pederastia. No nos quepa la menor duda de que estos hijos de Satanás, si no los paramos, sabrán darle la vuelta a la tortilla y terminar por inculcar a generaciones enteras que la sexualidad debe ser un derecho de los menores y que nadie debe osar negarles ese derecho, cuando ahora tenemos tan claro que simplemente se van a dar los pasos necesarios para legalizar una práctica asquerosa que dé rienda suelta a las prácticas inmorales de toda una caterva de degenerados.


José Luis Morales