El cerco de Numancia (3)
de Miguel de Cervantes
En nuestro resumen de la tragedia de Numancia, llegamos hoy a la tercera y penúltima Jornada, donde las mujeres numantinas comunican a sus esposos que prefieren morir con ellos antes que caer en manos del enemigo.
Jornada Tercera.
Escena I:
En el campamento romano, Cipión, con una sonrisa triunfal, contempla su obra. Su estrategia de asedio, basada en la astucia más que en la fuerza, está a punto de dar sus frutos. "En forma estoy contento en mirar cómo corresponde a mi gusto la ventura", reflexiona, saboreando la inminente victoria sobre la orgullosa Numancia.
De repente, una trompeta resuena desde las murallas de la ciudad. Corabino, un numantino, aparece tras la muralla con una bandera blanca, desafiando a los romanos a un duelo singular. La propuesta es simple: un guerrero de cada bando se enfrentaría en combate singular, decidiendo así el destino de la guerra. Cipión, con una risotada, rechaza la oferta. "¿Donaire es lo que dices, risa, juego, y loco el que pensase de hacello?", exclama, ridiculizando la desesperada propuesta de los sitiados. Afirma que Numancia caerá sin que Roma tenga que derramar una sola gota de sangre. Corabino, indignado, llama cobardes a los romanos, acusándolos de confiar en su superioridad numérica en lugar de en su valor individual. "¡Cobardes sois, romanos, vil canalla, en vuestra muchedumbre confiados, y no en los diestros brazos levantados!".
Dentro de la ciudad, Teógenes, otro líder numantino, propone una última y desesperada medida: que esa noche, los numantinos destruyan el muro y salgan a morir a campo abierto. Corabino está de acuerdo con esta decisión, pero recuerda un incidente pasado, cuando las mujeres de Numancia impidieron una salida similar robando los frenos de los caballos.
En ese momento, un grupo de mujeres numantinas, lideradas por Lira, irrumpen en la escena. Con sus hijos en brazos, ruegan a los hombres que no las abandonen en tan difíciles circunstancias. Las mujeres expresan su dolor y temor ante la decisión de los hombres de enfrentarse a las armas romanas, prefiriendo morir junto a sus esposos antes que caer en manos del enemigo. Otra mujer les pregunta si quieren dejar a sus hijas en manos de los romanos y si prefieren que sus hijos se conviertan en esclavos. Las mujeres instan a los hombres a llevarlas con ellos si deciden salir al foso, prefiriendo morir a su lado. Otras mujeres, portando niños, suplican por la vida de sus hijos, insistiendo en que la muerte por inanición es suficiente castigo y que los romanos no deben añadir más sufrimiento.
Lira interviene también, expresando su preocupación por las jóvenes doncellas y advirtiendo que la salida es un acto desesperado que solo traerá una muerte rápida y una larga gloria. Aconseja a los hombres que permitan que el destino decida su suerte, ya sea para salvarlos o condenarlos.
Teógenes, conmovido por las palabras de las mujeres, decide cambiar el plan. Declara que nunca las abandonarán y que sus vidas serán suyas de ahora en adelante. En lugar de buscar la victoria, Teógenes propone un plan para evitar que el enemigo obtenga gloria de ellos: destruir todo lo que tienen de valor en un gran fuego en medio de la plaza. Para entretener el hambre, propone que descuarticen a los prisioneros romanos y se los coman, haciendo de la necesidad una crueldad. "Y si todos venís en lo que digo, mil siglos durará nuestra memoria: y es que no quede cosa aquí en Numancia de do el contrario pueda haber ganancia", declara. Los numantinos, incluyendo a Corabino, están de acuerdo.
Mientras los demás se preparan para el sacrificio, Morandro detiene a Lira. Morandro expresa su amor y Lira le confiesa que el hambre la está consumiendo y que pronto morirá. Morandro se ofrece a saltar el foso y arriesgar su vida para conseguir comida para ella. "Yo me ofrezco de saltar el foso y el muro fuerte, y entrar por la misma muerte, para la tuya escusar", le promete. Lira rechaza la oferta, argumentando que su sacrificio sería en vano, y que su propia vida es más importante para la defensa de la ciudad. Morandro insiste en su intento, y Lira le da un abrazo como prenda de que lo lleva con ella, en caso de que muera.
Leoncio, el mejor amigo de Meandro, ha estado escuchando la conversación entre Morandro y Lira. Leoncio se une a Morandro, decidido a acompañarlo en su arriesgada misión, a pesar de los temores de que el hado les sea desfavorable. Morandro intenta disuadir a Leoncio, pero éste insiste en su lealtad, reafirmando que no lo abandonará ante la muerte. Finalmente, ambos acuerdan atacar al enemigo en la oscuridad de la noche, con la esperanza de un último intento de robar provisiones para salvar a Numancia y a sus seres queridos.
Escena II:
En las desoladas calles de Numancia, dos numantinos contemplan con tristeza el espectáculo. Una gigantesca hoguera arde en la plaza mayor, consumiendo las riquezas de la ciudad. "En la plaza mayor ya levantada queda una ardiente cudiciosa hoguera, que, de nuestras riquezas ministrada, sus llamas sube hasta la cuarta esfera", describe el primero, con el alma llena de dolor.
Se revela que los numantinos han tomado una decisión aún más terrible: suicidarse antes de caer en manos de los romanos. "Hemos dado sentencia inrevocable de nuestra muerte, aunque cruel, loable", confiesa el segundo hombre, aceptando su destino con amargura.
En ese momento, una madre aparece en escena, con un niño en brazos y otro de la mano. La mujer lamenta su destino y la inminente muerte por hambre que les espera. "¡Oh duro vivir molesto, terrible y triste agonía!", exclama, mientras su hijo le pide pan con desesperación. "Madre, ¿por ventura, habría quien nos diese pan por esto?", pregunta el niño, ajeno a la terrible realidad que les rodea.
La madre, con el corazón destrozado, se dirige hacia la plaza, donde el fuego consume las esperanzas de Numancia. Allí, junto con el resto de sus compatriotas, encontrará su final, abrazando la muerte antes que la deshonra.
Os esperamos en el próximo artículo con el resumen de la Jornada cuarta y final de esta obra, que trasciende lo literario para ofrecer una visión profunda sobre lo que siempre fue la identidad española.
Blas Molina